Pequeñas joyas musicales

La soprano Verónica Murúa, acompañada al piano por Ángel Rodríguez, deleitó con un programa denominado Joyas líricas, compuesto por melodías y canciones de Rusia, México, Francia, Italia, Brasil y España.

Ante el entusiasmo del auditorio, los artistas ofrecieron como encore tres canciones muy populares en los años treinta: El Ay, ay, ay, No niegues que me quisiste y Musmé, inmortalizada por el Dr. Alfonso Ortiz Tirado.

El público y las autoridades presentes la pasada noche en el patio central del Palacio Municipal de Álamos, tuvieron oportunidad de disfrutar, en efecto, de pequeñas joyas musicales salidas de la pluma de grandes compositores de ópera como Verdi, Massenet, Rachmaninov y Chaikovski, y de otros compositores que cultivaron la canción para voz y piano a fines del siglo XIX y principios del XX, como el mexicano Gustavo Campa, los brasileños Braga, Gnatali y Villa-Lobos y el español Obradors.

El recital dio inicio con un par de melodías rusas, género poco conocido de un país tan pródigo en grandes compositores. Autor de más de cien romanzas, Piotr Illich Chaikovski (1840-1893) escribió en 1875 la que se denomina El terrible momento, con texto propio, y describe la ansiedad del enamorado esperando la respuesta de su amada. Fue seguida por una de las más bellas canciones escritas por Sergei Rachmaninov (1873-1943), músico que también cuenta en su haber con cerca de cien canciones para voz y piano. La que escuchamos es la que lleva por título: No cantes más, hermosa, con texto de Pushkin, escrita en 1890, cuando Rachmaninov aún era estudiante del Conservatorio de Moscú.

En el México decimonónico gran número de compositores cultivaron la música de salón, donde las canciones ocupaban un lugar destacado, y músicos como Melesio Morales, Ricardo Castro, Gustavo Campa o Manuel M. Ponce escribieron incluso algunas de sus piezas para voz y piano en italiano y en francés. La atracción por la cultura francesa dominó de hecho a la alta burguesía porfiriana, que gustaba de organizar veladas musicales donde se interpretaban precisamente melodías como Sur les ondes, de Campa, autor también de más de cincuenta canciones. Es curioso notar que lleva el mismo título que el célebre vals de Juventino Rosas, Sobre las olas.

En entrevista con la soprano, Verónica Murúa anunció el próximo lanzamiento de un álbum en el que, al lado de Ángel Rodríguez, consigna buena parte del trabajo vocal de los compositores mexicanos postrománticos; se trata de una encomiable labor de rescate por parte de la UNAM de un terreno poco conocido de la música mexicana.

Jules Massenet (1842-1912) fue el ejemplo a seguir para numerosos compositores de la época, y Gustavo Campa no fue la excepción, de hecho el músico francés elogió calurosamente las canciones del mexicano. Massenet cultivó asiduamente el terreno de la canción, con un catálogo que contabiliza más de 150 canciones, de las cuales apenas se conocen una veintena. Su don melódico, apasionado lirismo y cuidadosa atención al texto que caracterizan su producción operística, están también presentes en sus canciones, románticas, reflexivas y nostálgicas, como Ouvre tes yeux bleus, escrita en 1878 como parte de un pequeño ciclo de tres, llamado Poéme d’amour.

La primera parte del recital concluyó con dos obras de Giuseppe Verdi (1813-1901), que muestran distintas facetas del compositor. En primer término una canción, aspecto desgraciadamente poco conocido de su producción, pero que guarda auténticos tesoros de inventiva y belleza melódica. De la que ofreció Verónica Murúa, el Brindis, existen dos versiones –una más aguda que otra– y ambas pertenecientes a las Seis romanzas de 1845, con texto de Andrea Maffei, destacado poeta y amigo personal de Verdi. Mucho más familiar al oído es el aria de Leonora del acto primero de El Trovador, “Tacea la notte placida…”, cuya melodía ya se advierte en la canción In solitaria stanza, de 1838, y que fuera retomada por Verdi para esta célebre partitura estrenada en 1853.

La segunda parte del recital de la soprano Verónica Murúa y el pianista Ángel Rodríguez, continuó con una selección de canciones de cámara de compositores brasileños, entre los que se incluyó a Francisco Ernani Braga (1868-1945). Seguidor al igual que Campa de Jules Massenet, de quien fue alumno en París, Braga cultivó como su maestro la romanza de salón, antes de caer, también como Massenet, bajo el hechizo de Wagner y producir diversos poemas sinfónicos y su ópera Jupira, estrenada en Río de Janeiro tras su regreso de Europa en 1900. El rasgo distintivo de las canciones de Braga es la amalgama entre el estilo europeo y la sonoridad propia de la música popular brasileña. O Kinimba, la pieza que escuchamos, es un canto de Macumba, y hace referencia al dios Xangó.

Profesor de composición del Instituto Nacional de Música de Sao Paulo de 1902 a 1938, Braga fue maestro de Heitor Villa-Lobos (1887-1959), a quien transmitió su amor por la música vocal y por el folclor de su tierra natal. Sin embargo, si bien Braga era un buen teórico y académico, Villa-Lobos poseía la genialidad del verdadero creador. Baste recordar sus espléndidas Bachianas brasileiras, o su numerosa obra para piano o guitarra. Su producción vocal es menos conocida pero no por ello deja de ser muy atractiva, gracias a esa misma simbiosis entre el estilo culto y el popular que permea toda su obra; abundan así las “serestas”, “modinhas” y “cançoes”, de las que la cantante ofreció Estrella de luna nueva.

Brasil, como México, es un país que posee a grandes compositores que cultivaron la música de salón propia de la alta burguesía decimonónica, sin embargo son poco conocidos fuera de su patria. Excepción hecha de Carlos Gomes y Villa-Lobos, el resto no ha alcanzado la difusión que sin duda merece. Escuchar la armonización realizada por Radamés Gnatali (1906-1988), director de orquesta, compositor y arreglista que combinó el jazz con ritmos populares brasileños, del canto folklórico brasileño A casinha pequenina abre sin duda el apetito por conocer más de esta vertiente de la música sudamericana.

Al contrario de la brasileña, la canción española de concierto es cada vez más conocida, gracias a los extraordinarios intérpretes que dio España en la segunda mitad del siglo XX, y a músicos como Turina, Falla, Albéniz, Granados, Rodrigo, y un largo etcétera.

Dos canciones españolas de Fernando Obradors (1897-1945) cerraron el recital Joyas Líricas. La gran vena melódica del músico catalán produjo un magnífico catálogo de piezas para voz y piano, entre las que destaca su colección de “Canciones clásicas españolas”, dada a conocer en los años veinte, y entre las que destaca las Coplas de Curro Dulce, con sus inconfundibles giros andaluces y El Vito, con su brío típicamente castellano.

Jueves 21 de 2010