Transgredir el orden, improvisar los espacios y bailar

Álamos, Sonora, México, 27 de enero de 2009.- Una banda se apodera de las calles de Álamos. La estridencia es colectiva. La raza baila y canta entorno al clarinete, la tuba, la tarola, los platillos.

Un redoble acompaña las volteretas de la pareja que sigue a la banda por su desfile alrededor de la plaza de armas. Para la fiesta no hay regla ni día que requiera de anuencia, de permisos. Es lunes y la premisa es bailar, cantar.

Esta banda gusta de transgredir el orden. Cede el uso de la voz al mejor postor, incita al baile al más apachurrado, toca entonces al son que le bailen.

Al llegar al Templo de la Purísima Concepción, músicos y espectadores hacen una pausa. Ofrecen los protagonistas de las notas un instante de estruendo a santos y devotos del catolicismo. Se instalan a un lado de la iglesia y la multitud hace eco de algarabía.

A estos músicos no les amarraron las manos de chiquitos, les dieron el poder de la libertad, de divertirse incluso en tiempo de crisis mundial. Por eso juegan a la felicidad y a predicar con la espontaneidad hilarante: el trombonista deja su instrumento por un lado, toma la mano de la dama que de aficionada se convierte en pareja de baile, algunas volteretas y las greñas de ambos regresan a su estado normal, no obstante, la alegría permanece en los labios. Sonrisa al viento.

Apenas se puede creer, el más bajito de estatura de los músicos es un niño que no rebasa los diez años de edad. Golpea el tambor con todas sus fuerzas, con los ojos a punto de estallarle de emoción observa a sus compañeros que ya se despojan de los instrumentos, porque la faena de la noche en este cielo nublado de Álamos, el trabajo ha terminado.

Los músicos, como los espectadores, bailadores, terminan exhaustos, mañana habrá tiempo para apoderarse nuevamente de las calles, mientras el vestuario, la nariz roja, estará en los estantes esperando tercera llamada para que los integrantes de la Banda Payaso retomen la acción.

Jueves 21 de 2010