Payasos y títeres: existencia de una realidad feliz
Álamos, Sonora.- La plaza de Armas se convierte en una selva. Los niños observan la caracterización de animales. Son dos payasos y algunos títeres que juegan a contar un cuento. Se divierten y divierten.
Daniela Navarro en sus cinco años de edad sostiene la mirada hacia el escenario y las actuaciones. En su mano derecha cuida con celo un pollito de peluche, no vaya a ser que el cazador ponga la mira en él.
Daniela entra con sus ojos en la selva, se emociona y aplaude, grita. Le basta el ingenio de un escenario construido con algunos tubulares, un par de cortinas, varios disfraces, el sonido de un discurso lúdico en las bocinas.
El espacio en una calle como arteria de Álamos, es tomado por la necesidad de tocar con la imaginación un instante de felicidad. Tony Tambor se llama el payaso, la compañía. Le acompaña Polito, y ese ratoncito de trapo, cuyos dientes filosos servirán en lo sucesivo de la historia para salvar al león de la red que tendió el cazador.
Mientras los pasos adultos pululan por la plaza de Armas, convirtiendo el deseo en realidad de un souvenir del Festival Dr. Alfonso Ortiz Tirado, en la selva los niños aprenden un mundo combativo contra la mezquindad y la contaminación.
En Álamos, una nariz roja basta para encontrar la magia en uno o varios cuentos actuados. Los payasos escriben como consecuencia de su historia, la otra historia de aplausos consecuencia también de la felicidad. Daniela camina con una sonrisa inevitable en su rostro. En su mente un ratoncito se dibuja poderoso, lleno de fraternidad.




















