La imagen de España a través de la ópera
Una gran noche lírica fue la que protagonizaron la soprano Svetla Krasteva, el barítono Luis Cansino y el pianista Borja Mariño en su Imagen de España a través de la Ópera.
Con una selección que incluyó obras de Mozart, Bizet, Arrieta, Donizetti, Rossini y Verdi, los tres artistas españoles mostraron la atracción que la península ibérica ha ejercido sobre los compositores de ópera.

La historia, la literatura, y en general la cultura española, han ejercido siempre una especial fascinación sobre los compositores de ópera. Baste citar Fidelio de Beethoven, El duque de Alba y Sancha de Castilla de Donizetti, El Cid y Don Quijote de Massenet, Las bodas de Camacho de Mendelssohn, o La hora española de Ravel, además de los ejemplos ofrecidos en la séptima Noche de Gala del 25 FAOT 2009. Una velada que fue protagonizada por Svetla Krasteva, soprano española de origen búlgaro, poseedora de una voz lírica de amplias dimensiones, admirable ductilidad, y dotada además de una hermosa presencia escénica, junto con el barítono Luis Cansino, bien conocido del público, quien regresa a México luego de sus triunfos en su tierra natal, luciendo un instrumento de gran poderío, amplio registro y bello timbre.
Con la creación de dos de sus grandes óperas cómicas: Le nozze di Figaro y Don Giovanni, auténticas obras maestras escritas en colaboración con el libretista Lorenzo da Ponte, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) se colocó en la cumbre del arte operístico, gracias a su abundancia de ideas melódicas y a un agudo sentido dramático poco usual para la época. De ellas, ambas situadas en Sevilla, barítono y soprano ofrecieron sendos ejemplos con depurado estilo mozartiano y notable expresividad, donde se advertía la rabia del conde Almaviva y la angustia de Doña Anna.
Indispensable en un programa de estas características, y uno de los pilares de la ópera francesa, la Carmen de Georges Bizet (1838-1875) fue bien representada por el preludio al acto III, la célebre Canción del Toreador y el aria encomendada a Micaela. Rechazada en un principio por el público que presenció su estreno en el Teatro de la Opéra-Comique, el 3 de marzo de 1875, el aparente fracaso de Carmen vino a acelerar la muerte del compositor, ocurrida apenas tres meses después. Bizet no pudo ser, pues, testigo del triunfo que su novedosa partitura obtuvo al estrenarse en Viena, a finales de ese año, ni ver cumplida la predicción de Tchaikovsky quien afirmó: “de aquí a unos años, Carmen será la ópera más famosa del mundo”.
Tampoco podía faltar en esta velada operística que llevó a España como hilo conductor una partitura española, y la elección recayó sobre Marina, con el dúo entre el celoso Pascual y la protagonista. Presentada por Emilio Arrieta (1823-1894) como zarzuela en dos actos en el Teatro del Circo de Madrid, en 1855, fue mal recibida por el público y la crítica; sin embargo, por consejo del famoso tenor Enrico Tamberlick –el mismo que presentara en nuestro país la Ildegonda de Melesio Morales, al lado de Ángela Peralta en 1867– Arrieta la transformó en ópera, cambiando los diálogos hablados por recitativos, añadiendo otro acto y componiendo algunos números nuevos para los solistas. La nueva versión de Marina, ya convertida en ópera, se estrenó como homenaje a Tamberlick en el Teatro Real de Madrid en marzo de 1871, con un éxito clamoroso.
Gaetano Donizetti (1797-1848) fue un compositor extraordinariamente prolífico; en escasos veinte años de actividad compuso más de 70 óperas, y en su catálogo abundan las óperas de tema español. Una de las últimas salidas de su pluma fue La Favorita, estrenada en la Ópera de París en 1840, siendo posteriormente traducida al italiano y suprimiéndose el ballet. Esta partitura sobre la historia de Leonora de Guzmán, amante del rey de Aragón Alfonso IX, posee bellos números musicales, como el aria y cabaletta “Vien, Leonora… Dei nemici poi lo sdegno..”, interpretada por Luis Cansino para abrir la segunda parte del programa con una buena línea de canto y el brío necesario.
Le seguiría la cavatina “Una voce poco fa…” en una chispeante versión de Svetla Krasteva de este gustado fragmento de Il barbiere di Sevilla, ópera bufa estrenada en el Teatro Argentina de Roma en 1816, y de la que el pianista Borja Mariño ofreció también la obertura. Aunque en la carrera de Gioacchino Rossini (1792-1868) la ópera seria tuvo una presencia mucho más destacada que la cómica, y en su época el renombre del Cisne de Pesaro descansaba principalmente en sus grandes tragedias románticas, es bien conocido el comentario de Beethoven, aconsejando a Rossini que “mejor debería dedicarse a componer muchos Barberos”.
Giuseppe Verdi (1813-1901) fue toda su vida un ferviente admirador de España, y cinco de sus óperas son buena prueba de ello: Ernani (1844), Alzira (1845), Il trovatore (1853), La forza del Destino (1862) y Don Carlo (1867). Es a la obra del más importante operista italiano, que estuvo dedicada la última parte de esta Noche de Gala.
La forza del Destino fue compuesta por encargo del Teatro Imperial de San Petersburgo, y estrenada en presencia del compositor, el 10 de noviembre de 1862; sin embargo Verdi no quedó satisfecho y sometió la partitura a una profunda revisión. La nueva versión, que es la que se representa en la actualidad, se estrenó el 20 de febrero de 1869 en el Teatro alla Scala de Milán. El libreto, basado en la obra de teatro de clara influencia romántica, Don Álvaro o la Fuerza del Sino, del dramaturgo español Ángel de Saavedra, duque de Rivas, sitúa la acción en España, donde en una solitaria ermita cercana al convento de Hornachuelos, Leonora de Vargas ruega a Dios poner fin a su prolongado sufrimiento en el aria “Pace, pace, mio Dio…”.
Para la que habría de ser su vigésimo tercera ópera, Verdi eligió un sombrío episodio de la historia española que Schiller había tratado en su drama Don Carlos, centrado en la trágica figura del Infante de España hijo de Felipe II. La nueva ópera le fue encargada al compositor por el director de la Ópera Imperial de París con motivo de la Exposición Universal, celebrada en dicha ciudad en marzo de 1867. Concebida como grand opéra, con cinco actos, un ballet y grandes escenas corales, para su estreno en Italia, en octubre de ese mismo año, Verdi redujo la partitura a cuatro actos, suprimió el ballet y la tradujo al italiano. Ésta es la versión que se presenta en la mayoría de los teatros, y de ella el barítono Luis Cansino interpretó la gran escena de la cárcel “Per me giunto… O Carlo escolta…”, en la que Rodrigo, fiel amigo del Infante, da su vida por él.
La madurez artística alcanzada por Verdi, así como la evolución experimentada en su estilo de composición, se hace evidente en la espléndida trilogía conformada por Rigoletto, La traviata e Il trovatore, esta última acogida con delirio la noche de su estreno en el Teatro Apollo de Roma en 1853.
Hasta entonces Verdi había enfocado su atención en los temas históricos, de fuerte contenido patriótico, que se ajustaban a la realidad política que vivía Italia en aquellos años. El drama de García Gutiérrez, con sus primitivas pasiones y su espíritu caballeresco, le inspiró una de sus partituras más pujantes; en la avasalladora música de El trovador se mezclan sabiamente las fuertes tintas y los más delicados trazos, para delinear a cuatro de los personajes más atrayentes de la galería del compositor. Fue con el gran dúo “Mira d’acerbe lagrime… Vivrà, contende giubilo…” que los artistas españoles cerraron brillantemente esta retrospectiva sobre España y la Ópera.
Para agradecer los entusiastas aplausos del público asistente, los cantantes invitados brindaron un número fuera de programa, pero ajustado a la tónica imperante en él: el dúo de Don Giovanni “Là ci darem la mano…”, en el que el burlador de Sevilla intenta convencer a la aldeana Zerlina de acompañarlo a su casa. Musicalidad y picardía se unieron felizmente para, ahora sí, concluir una de las noches más memorables de la edición 2009 del FAOT.



















