Miguel Ángel Fernández de Castro Federico

Hermosillo, Sonora, México, 1986. Realizó estudios de Artes Plásticas en la Universidad de Sonora. Ha tomado cursos de fotografía e instalación con maestros como Luciano Matus, Javier Ramírez Limón, Allen Frame y Penélope Umbrico. Realizó su primera exposición individual Apropiaciones en Hermosillo y ha participado en distintas muestras colectivas en Mexicali y Tijuana, Baja California; Culiacán, Sinaloa; Álamos, Ciudad Obregón, Hermosillo y Magdalena de Kino, Sonora. Obtuvo premio de adquisición en el Concurso Estatal de Fotografía Creativa Sonora 2008 y mención especial del jurado en la edición 2009. Recibió mención honorífica en la Décimo Segunda Bienal de Artes Visuales del Noroeste 2009. Actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora. Vive y trabaja en Tijuana, Baja California.

Imposturas

Para el pensamiento oriental, el dar nombre a las cosas es lo que hace que existan; pero también es este hecho el que impide que permanezca en ellas la capacidad originaria que las hace parte de un todo móvil conformador del universo como transformación constante. Designar una cosa como tal es solidificarla, cercarla, configurarla estática e imposible al cambio. Al designar el nombre de lo existente aniquilamos en el acto de apropiación que supone el lenguaje ese impulso vital que hace y transforma la existencia.

Pero es cierto también que existimos en el lenguaje y que nuestra experiencia del mundo resultaría de alguna manera inaccesible (si tan sólo en tanto imposible de ser compartida) si no pudiéramos recrearla en la escritura o en alguna vivencia temporal de reapropiación en la palabra como gesto de expresión. Así es posible pensar que los nombres de las cosas tienen en la escritura la posibilidad de recrearse, de ponerse de nuevo en movimiento y reinsertarse en el fluir del mundo. Los nombres tienen la posibilidad de ser llamados para decirse y desdecirse en el proceso creativo. Esta cualidad es la que rondan y detienen en sus instantes las búsquedas que germinan en la obra de Miguel Fernández. Su obra parecería estar animada sobre diversos niveles –siempre un tanto desdibujados– entre las cosas y la funcionalidad de sus nombres. Invocando sobre sus bordes la figura del flâneur benjaminiano, Fernández camina las ciudades como quien descubre un territorio improbable con la misma dosis de sospecha y despreocupación. Desocupa espacios, o bien, los invade; desdobla y reconstruye superficies y fondos para revertir su carácter utilitario; su obra interviene no solamente la materialidad del objeto sino que reta la esencia misma del lenguaje como designación nominativa de las cosas. Sus gestos invasivos y sutiles devienen suficientes en su impermanencia para alterar el orden estanco de lo cotidiano-conocido. El artista inhabilita la eficiencia de la norma entre acciones aparentemente incoherentes (re)colocando aquí y allá los cuerpos de las cosas al fondo de una reaparecida interrogante sobre las posibilidades del vacío, del inocuo instante sostenido y del resquebrajamiento de sentidos estacionarios.

Situándose a una inteligente distancia de la estrategia meramente descontextualizadora de ciertas variantes prácticas y conceptuales contemporáneas después de Marcel Duchamp, Fernández parece interesado en develar las capas que subtienden el camino entre el objeto y el arte, entre el original y la copia, entre el signo y su referente.

Recorriendo esa distancia-en-sustracción entre la presencia y su representación Fernández retrata y convoca lo invisible. Ejercicios que hacen tangible la huella retencional que funda a la fotografía y la instalación como objetualidad, señalando en paralelo esa no-identidad consigo del presente viviente que a veces confiesan las cosas (in)nombradas. En sus dibujos destina la obra germinal a un proceso de de-saturación desde su estatuto fotográfico para resignificar en el trazo la reproducción tecnológica y con ello la dinámica de percepción de las cualidades significantes de la obra.

Miguel Fernández no precisa agregar planos de sentido a los objetos y situaciones que encuentra, construye o replica; el impulso que enlaza sus ordenamientos y acumulaciones comparte la consigna posmoderna de la saturación como vaciado de sentido. “Observando las pequeñas muertes de la connotación” sería una forma breve para narrar su proceso de trabajo. Sus recorridos, reacomodos y reinserciones habitadas son reductos en los que la desintegración figurativa se hace manifiesta como sucedería dentro de un cuarto blanco.

Marcela Quiroz
Curadora